Hay dos etapas en la vida distanciadas en el tiempo y gemelas entre sí: El Comienzo y el Final de la juventud. Esta es una de ellas.
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Montaña Rusa

viernes, 22 de junio de 2012


Cuando más duele es al despertar. 

Abro los ojos con la sensación de salir de un profundo pozo y siento alivio de encontrarme de nuevo en brazos de la realidad, pero vuelvo pronto a caer en otro pozo más oscuro al ser consciente de esa realidad que ahora vivo.

Sí, es cuando más duele.

Todos los demás momentos de este presente son como una gigantesca montaña rusa en la que llego a subir a lo más alto, para de repente, y por sorpresa, caer en picado sintiendo que voy a estrellarme.

Quisiera entonces bajarme de esta atracción de feria y que unas manos amorosas me regalaran un algodón de azúcar de color azul, y que desde allá a lo lejos, llegara hasta mis oídos la dulce música del carrusel, muestra inequívoca de que me encontraba en un mundo de magia y de fantasía, lejos de la cruda realidad.

*Imagen de Aquí

Aurora

domingo, 8 de mayo de 2011


Desperté de pronto sobresaltada y vi la luz de la aurora asomando en el horizonte. Ante esto sentí nacer a una nueva vida, a un mundo diferente en el que tal vez fuera posible no haberse perdido la felicidad que otrora me invadió.

Seguí contemplando la luz, viendo como por ella tomaban forma los abetos y cipreses hundidos en el campo cercano, mirando hacia un cielo que nunca alcanzarían. Mostraba el entorno un verde fresco, limpio, cubierto por una recién caída lluvia que lo hacía resplandecer.

Entonces supe que ese nardo del ayer no se había cerrado del todo, que se resistía a marchitarse y se esforzaba en renacer de nuevo.

Había vuelto a abrir sus pétalos.

No, aún no se había perdido todo.


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Solitaria

miércoles, 20 de abril de 2011

Me he convertido en una persona solitaria.

El paso del tiempo, las vivencias, las malas o buenas experiencias que haya podido tener, han hecho de mí una persona aislada y reclusa incluso conmigo misma.
Ya casi ni siquiera me reconozco. Los días pasan para mí monótonos y vacíos, carentes de luz que recibir, ocultos de sentimientos que regalar…. Mi yo más lejano es barrido por un viento que sopla fuerte arrastrando todo a su paso, dejándome inmersa en esta opacidad densa que me impide ver lo que hay en mí.

Mi sensibilidad desde los primeros pasos me ha llevado a irme escondiendo paulatinamente dentro de un lugar que casi ni yo conozco. El paso del tiempo lo ha ido acentuando. Las pérdidas que he sufrido en mi camino me han hecho ocultarme como se oculta el caracol ante el más mínimo movimiento en el exterior de su concha.

Y me queda tanto por dar, tanto por regalar y tal vez tanto por sentir…

Sin embargo siento que el tiempo se termina, que a cada instante que respiro me queda uno menos por respirar.

Me acompaña en estos momentos una maravillosa melodía: Waht A Wonderfull World, de Louis Amstrong.

Fuera el sol derrama sus rayos inmisericordes sobre todo lo que alcanza, sin embargo, dentro de mi llueven gotas amargas.

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Un Otoño

martes, 26 de octubre de 2010

“…se va la tarde y me deja, la queja, que mañana será vieja, de una balada en otoño…” (Balada de Otoño –Serrat)

Avanzó el día, avanzó un poco más la etapa en que vivo, y el atardecer trajo consigo atisbos de vivencias que mellaron en mí y que he logrado superar aún casi sin darme cuenta.
Mi actual estado de madurez me ha hecho tal vez asimilar cualquier otra situación o sentido, haciéndome consciente de que todo en esta vida se puede superar si se tiene la predisposición necesaria.

La ventana entreabierta deja que se cuele un vientecillo suave (contrario al fuerte viento que sopló durante todo el día), que me refresca la piel y me llena de otoño recién estrenado.
 
Es otro otoño distinto y difícil el que llega ahora a mi mente, cuando siendo poco más que una adolescente, con una incipiente nuevo ser dentro de mí, y recién estrenando mi vida en compañía, otra vida ya añeja y cansada parecía tocar a su fin. Allegada y querida dejó en mí la huella del miedo a perder lo querido, la impotencia de no saber o poder retenerla, de no tener el don de aliviar su sufrimiento…
Afortunadamente continuó unos años entre nosotros, pero en mí quedó latente siempre la huella de la impotencia que viví en aquellos delicados momentos.

Hoy he aprendido a conocer y aceptar las leyes de la vida, a respetarlas y hacerlas parte de mí, enriqueciéndome con esas experiencias.

Indudablemente la juventud tiene mucho que aprender antes de llegar a la madurez.
La veteranía, si se sabe conjugar, da un grado.

Yo estoy satisfecha de lo que he aprendido.

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Quietud

jueves, 1 de julio de 2010


Me entretenía en contemplas los sutiles y dorados rayos del sol que se colaban entre el verde oscuro del ramaje de los pinos. Los miraba y a veces mis ojos se llenaban de un dorado intenso que cegaba a mis ojos y me impedía ver todo aquello que se encontraba a mi alrededor.
Soplaba un ligero vientecillo, fresco para esta época del año en la que el verano se encuentra recién estrenado. Era tan sutil que débilmente llegaba a balancear las ramas, acaso tenuemente movía las agujas de los pinos y las mecía en un delicado vaivén.
Yo entrecerraba los ojos y jugaba, tal y como cuando era una niña, a formar figuras con las manchas que vislumbraba bajo mis párpados cerrados, formas amarillas-rojizas, a veces azules, a veces verdes, que desbocaban mi imaginación igual que antaño.

Una de las veces que los abrí la vi. Estaba allí, posada en una gruesa rama y acicalándose el plumaje.
La alcanzó uno de los rayos de sol y ella se volvió por momentos tornasolada, refulgiendo sus plumas con colores iridiscentes y brillantes.
Era ella, la paloma herida a la que cuidé y curé y que dejé en libertad cuando ya estaba recuperada.
Hoy regresó a casa por su propia voluntad, pero libre para marcharse cuando quisiera.
Aún cojeaba levemente de una pata pero la herida del disparo que le lanzaron inmisericordemente ya estaba superada.

Mi visión ahora rebozaba de felicidad, donde se mezclaban los tonos verdes de los pinos y el gris perlado de ella, todos iridiscentes por la magia de la luz solar que los envolvía.
Mi corazón también se envolvía de gozo.

Que nada ni nadie empañe esta quietud y remanso que ahora disfruto. Es mi momento.

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Hojas

martes, 23 de febrero de 2010

Hoy ha soplado el viento violentamente, azotando sin piedad todo lo que tocaba y arrancando inmisericorde hojas y ramas. Hubo unos momentos en los que permaneció callado, tal vez para retomar aliento, pero volvió, atacando por sorpresa y más demente si cabe.

Alcé la vista fuera del círculo luminoso de la lámpara bajo la que me encontraba. Los sillones conspiraban agrupados, con los puños sobre las rodillas, en la sombra. El paisaje tras la ventana mostraba un cielo de humo gris sobre el campo y se desvanecía entre los húmedos caminos. Salí fuera. Al pie de los negros cipreses, las hojas secas, las ramitas, el musgo cubierto de gotas de agua. crujían como el vidrio con cada uno de mis pasos. Recogí las hojas muertas y las sostuve cuidadosamente entre mis manos, protegiéndolas con mi calor en mi camino de regreso.

Luego, de nuevo en la calidez del hogar, las limpié con mimo de la tierra que las ensuciaban, y primorosamente las guardé, una a una, entre las hojas de un libro que de nuevo fue depositado en su lugar, en el estante.
Cuando pasara el tiempo se habrían convertido en hojas de encaje, mostrando sus nervaturas entremedio de una hipotética tela de araña.
Dejarían entonces al aire su interior, su alma desnuda otrora oculta dentro de su cuerpo.

Se me antojó pensar que igual estaba ocurriendo dentro de mí.
Un día se mostraría mi alma desnuda ahora tan escondida.

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Yo

lunes, 8 de febrero de 2010

Siempre he visto esta etapa de mi vida como algo sumamente lejano, tardío, incluso inaccesible para mí. Y ha llegado tan rápido…

Por momentos me sorprendo viviendo de lleno en aquello que nunca pensé que llegaría.

Merma la vida, se desbordan los sentimientos provocados por nuevas situaciones que a veces se me escapan de las manos, se escurren resbaladizas lo mismo que se escapa el agua entre los dedos.

Aquello que en otros momentos creía viejo hoy lo pienso joven, tal es la transformación de los momentos que se van desgranando por el camino, y que adopto como algo propio y personal porque no puede ser de otra forma.

Son mis momentos, mis etapas, mi vida, en definitiva, yo.


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Llave

lunes, 4 de enero de 2010

Hoy en bajado al sótano de mi vida y he recuperado de entre polvo y telarañas la llave que a lo largo de todas mis etapas ha ido cerrando las puertas de mis estancias vividas. Y las he ido abriendo una sin ningún trabajo, porque incomprensiblemente ya no estaban cerradas con llave.
Nadie antes, aparte de mí, había traspasado esas puertas.

Ahora, al volver a las estancias tanto tiempo cerradas, encuentro un ambiente pequeño con respecto a lo que yo recordaba, atestado de pesados sentimientos depositados en polvorientos estantes de momentos petrificados.

Entrar en cada puerta del pasado se me asemeja insertarme en un escenario dieciochesco, de pesado mobiliario y asfixiante decoración.

Sueños de brocado yacen laxos sobre butacas de terciopelo rojo capitoné.
Esperanzas perdidas se desmadejan en los reposabrazos de palo de rosa de un sofá sevillano tapizado de damasco.
Miedos no superados se pierden entre las paredes vestidas de azul, cuyo color aparece casi por completo oculto por la oscuridad del tiempo.

El recorrido por este museo personal me ha causado en el fondo una cierta satisfacción y tranquilidad, y ha rasgado de algún modo ese velo por el que se hallaban cubiertos mis recuerdos.
A través de esas rasgaduras he podido descifrar las descoloridas instrucciones que otrora enviaban a mi alma los dedos de la inexperiencia y la inmadurez.

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Torbellino

sábado, 26 de diciembre de 2009

Los mortecinos días de la pasada estación me han hecho recordar tiempos pasados que ahora me resultan nostálgicos y muy diferentes de los de ahora. Las mismas situaciones pero con distintos escenarios y distinta manera de sentirlos.

Ha sido largo el camino recorrido desde entonces hasta ahora, un caminar que por ley de vida me ha producido un cambio y me ha llevado a una madurez. Ahora comprendo que no he sido justa conmigo en muchas de esas situaciones de antaño, aún a pesar de que en su momento así lo creyera, lo mismo que creía que yo era el centro de un remolino que se empeñaba en engullirme.

Yo temía ese torbellino.

Seguramente era justificado ese temor si ahora pienso lo terrible me resultaba el adentrarme en la rueda del tiempo y comenzar a caminar sobre ella. Un camino lleno de incógnitas y cargado de oscuridad ante mis inexpertos e inseguros pasos, un camino del que ya tengo una gran parte recorrida.

Me he sentido sola, pero en mi soledad siempre han sido mis inseparables compañeras la inseguridad y la incógnita.

Aún me acompañan.

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Atardecer

viernes, 18 de diciembre de 2009

No me gusta la noche ni la caída de la tarde.

Es verdad que cuando la tarde finaliza tiendo a disfrutar de la majestuosidad que me ofrece el sol cuando se acerca al horizonte, sobre todo cuando aparece cubierto con un velo de nubes lo bastante tenues como para dejarlo ver como un disco claro y de limpios contornos.
En esos momentos luce como único rey del espacio. Pero son solo unos momentos. Al poco el oro que se desprende de él se transforma en una palidez homogénea que se extiende de modo espantoso por todo el horizonte y la luz del día se convierte en su vacío.

Es el final del crepúsculo. Todo se transforma. La vida diurna se apaga, el sol se muere.

Gran semejanza con la vida, donde el morir está cada vez más cercano una vez que se ha nacido.

Etapas que vienen y se van, dejando en mí un sabor agridulce en la boca.

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Brumas

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Comienza a opacarse la tarde. Despacio se adentra en la penumbra llenando de grises los rincones umbríos del entorno que me rodea. Caminos musgosos cubiertos de verdín, a trozos impregnados de humedad, se pierden serpenteantes en la lejanía, adentrándose en una bruma opaca.

La tarde envejece.

Tal vez en esta etapa de la vida me sienta yo igual. Envejeciendo. Extraña etapa que lo mismo me hace renacer con el trino de los gorriones cuando amanece, o decaer al mismo compás que la tarde. Como ahora.

Se acercan nubes de lluvia, y aunque aún es temprano, ya comienzan a cantar los mirlos anunciando su recogida.
También yo deseo recogerme, muy, muy dentro de cualquier espacio en el que me pueda sentir protegida, porque cada vez son mayores los momentos en me siento falta de protección, sola, incomprendida, ignorada incluso por mí misma.

Abro la ventana y dejo que se cuele el vientecillo húmedo que arrastra a las nubes. Junto a él se cuela también la penumbra del exterior, el frío húmedo y una semioscuridad que se adueña de la estancia.

Y de mi corazón.

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Dátura

domingo, 15 de noviembre de 2009

Bajé las escaleras de la cocina y los primeros rayos del sol me dieron de lleno en la cara. Eran unos rayos bajos, que me obligaron a entrecerrar los ojos, palpando cuidadosamente con mis pies los escalones, para no caer ante la repentina ceguera.

Entonces me dirigí hacia ella, la blanca Dátura que pendía lánguidamente del verde tallo. Inmaculada, tersa, fresca, acariciada dulcemente por los rayos dorados del amanecer. Ni siquiera me atrevía a tocarla, tal era la majestuosidad que desprendía. Su acicalado aroma impregnaba mis sentidos y se esparcía entre las verdes enredaderas. Su majestuosidad provocaba dentro de mí sentimientos encontrados que me hicieron recordar otra etapa de mi vida, otra Dátura inmaculada y otra fragancia perdida en el tiempo.

Bella Dátura, virginidad inocente que se mecía al compás que le marcaba el aire.
Dátura.

Renacer

sábado, 19 de septiembre de 2009

Desperté de pronto sobresaltada y vi la luz del amanecer asomando en el horizonte. Ante ésto sentí nacer a una nueva vida, a un mundo diferente en el que tal vez fuera posible no haberse perdido la felicidad que otrora me invadió.

Seguí contemplando la luz, viendo como por ella tomaban forma los abetos y cipreses hundidos en el campo cercano, mirando hacia un cielo que nunca alcanzarían. Mostraba el entorno un verde fresco, limpio, cubierto por una caída lluvia que lo hacía resplandecer.

Entonces supe que ese nardo del ayer no se había cerrado del todo, que se resistía a marchitarse y se esforzaba en renacer de nuevo.

Había vuelto a abrir sus pétalos.

No, aún no se había perdido todo.

Latido

sábado, 22 de agosto de 2009

Tantas veces me he preguntado en dónde se encuentra la verdadera armonía del mundo que me hace palpitar a la vida…

Y es simple, tal vez demasiado simple, al menos para mi sentir.

Yo la siento en el verde que me rodea, en las bajas orillas de los helechos, en las frondosas copas de los pinos o de las cañas de bambú que crecen formando macizos ramos orientales.

La siento entre los pliegues de organdí de los visillos de mis ventanas, chantillí que el viento hincha y los empuja hacia la terraza; o en los caminos empedrados que soportan el peso de mis pasos, en los aleros de los tejados que se derraman durante las tormentas…

Latidos del espacio, palpitar de la vida.

 
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