Hay dos etapas en la vida distanciadas en el tiempo y gemelas entre sí: El Comienzo y el Final de la juventud. Esta es una de ellas.
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Balanza

viernes, 23 de septiembre de 2011


Me pregunto por qué no acertamos a valorar aquello que tenemos hasta que no estamos a punto de perderlo. Me doy cuenta de cuantos momentos inigualables desperdiciamos con ello.

Y es tan fácil… Se trata simplemente de mirar a través del prisma que tenemos delante.

Me abstraigo hurgando dentro de mí misma y veo cada vez más lejana la maraña de confusión, que en otras etapas me asaltaron. Días plomos, cargados de nubes espesas que se adentraban con poder sibilino en mi alma. Días opacos y oscuros. Días muertos.

Tantos días, tantos momentos…

Despierto y compruebo que lo que ayer era futuro es hoy un presente distinto al imaginado, con la balanza inclinada hacia la esperanza.

Fuera también está todo verde, aún es pronto para que el otoño comience a mostrarse. Yo me muestro a mí misma la vida que poseo y me siento agradecida.

Foto de Aquí

Un Otoño

martes, 26 de octubre de 2010

“…se va la tarde y me deja, la queja, que mañana será vieja, de una balada en otoño…” (Balada de Otoño –Serrat)

Avanzó el día, avanzó un poco más la etapa en que vivo, y el atardecer trajo consigo atisbos de vivencias que mellaron en mí y que he logrado superar aún casi sin darme cuenta.
Mi actual estado de madurez me ha hecho tal vez asimilar cualquier otra situación o sentido, haciéndome consciente de que todo en esta vida se puede superar si se tiene la predisposición necesaria.

La ventana entreabierta deja que se cuele un vientecillo suave (contrario al fuerte viento que sopló durante todo el día), que me refresca la piel y me llena de otoño recién estrenado.
 
Es otro otoño distinto y difícil el que llega ahora a mi mente, cuando siendo poco más que una adolescente, con una incipiente nuevo ser dentro de mí, y recién estrenando mi vida en compañía, otra vida ya añeja y cansada parecía tocar a su fin. Allegada y querida dejó en mí la huella del miedo a perder lo querido, la impotencia de no saber o poder retenerla, de no tener el don de aliviar su sufrimiento…
Afortunadamente continuó unos años entre nosotros, pero en mí quedó latente siempre la huella de la impotencia que viví en aquellos delicados momentos.

Hoy he aprendido a conocer y aceptar las leyes de la vida, a respetarlas y hacerlas parte de mí, enriqueciéndome con esas experiencias.

Indudablemente la juventud tiene mucho que aprender antes de llegar a la madurez.
La veteranía, si se sabe conjugar, da un grado.

Yo estoy satisfecha de lo que he aprendido.

Imagen de Aquí

Torbellino

sábado, 26 de diciembre de 2009

Los mortecinos días de la pasada estación me han hecho recordar tiempos pasados que ahora me resultan nostálgicos y muy diferentes de los de ahora. Las mismas situaciones pero con distintos escenarios y distinta manera de sentirlos.

Ha sido largo el camino recorrido desde entonces hasta ahora, un caminar que por ley de vida me ha producido un cambio y me ha llevado a una madurez. Ahora comprendo que no he sido justa conmigo en muchas de esas situaciones de antaño, aún a pesar de que en su momento así lo creyera, lo mismo que creía que yo era el centro de un remolino que se empeñaba en engullirme.

Yo temía ese torbellino.

Seguramente era justificado ese temor si ahora pienso lo terrible me resultaba el adentrarme en la rueda del tiempo y comenzar a caminar sobre ella. Un camino lleno de incógnitas y cargado de oscuridad ante mis inexpertos e inseguros pasos, un camino del que ya tengo una gran parte recorrida.

Me he sentido sola, pero en mi soledad siempre han sido mis inseparables compañeras la inseguridad y la incógnita.

Aún me acompañan.

Imagen de Aquí

Despertar

domingo, 8 de noviembre de 2009

Estuve releyendo lo escrito por mí en otro tiempo y de me antoja que fue escrito en otra dimensión, tanto es el tiempo que hace…Reflexiono sobre lo que escribí en aquellos lejanos años, mi diálogo interior, mi versión de lo que vivía en aquellos momentos, mis pensamientos.

Me sentaba después de almorzar en la escalera de soberao, al sol del medio día de otoño, invierno a principios de la primavera, a plasmar en el cuaderno de anillas mis pensamientos, mis diálogos conmigo misma, mis desesperados y solitarios deseos…

Leo cuando una vez, al llegar a casa una noche de tormenta, con los pies mojados y las medias adheridas a mis piernas por el agua, me descalcé para no hacer ruido y que me quité el abrigo verde con cuello de plumas negras, teñidas creo, que lo cubrían como aves en vuelo, y que despedían vapor provocado por el calor de mi cuerpo. No había signos de vida en la casa. Todos dormían. Ya en mi habitación terminé de desvestirme y me metí sigilosamente en la cama. En la de al lado, mi hermana dormía plácidamente y eso me tranquilizó porque así me evitaba el recibir preguntas que no me apetecía responder. Era tarde, todo lo tarde que se puede considerar cuando se está comenzando la adolescencia.

Me sentí libre dentro de mi escasa libertad para poder soñar con lo vivido hacía escasas horas: el despuntar de la juventud.

Photo de Aquí

 
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